Frente a restricciones de liquidez y un escenario de alta incertidumbre financiera, las entidades financieras se financian en moneda extranjera a tasas bajas, mientras cubren el riesgo cambiario mediante contratos de dólar futuro, una estrategia cada vez más extendida en el sistema bancario local.
Los bancos argentinos están recurriendo cada vez más a un mecanismo que refleja tanto la escasez de pesos como la incertidumbre cambiaria: emitir obligaciones negociables en dólares al 7% anual y, al mismo tiempo, cubrirse mediante contratos de dólar futuro en pesos. Se trata de una ingeniería financiera que busca sortear el apretón monetario del Banco Central y preservar márgenes de rentabilidad en un contexto donde el crédito en moneda local se encarece y los recursos disponibles se reducen drásticamente.
El movimiento no es casual. En los últimos meses el Banco Central ha incrementado los encajes obligatorios hasta niveles inéditos, forzando a las entidades a mantener un porcentaje cada vez mayor de los depósitos inmovilizados o colocados en letras del Tesoro. La medida, que busca absorber pesos y contener presiones cambiarias, provocó un encarecimiento inmediato del financiamiento y una contracción de la liquidez. A su vez, el Gobierno habilitó a los bancos a integrar esos encajes con títulos en pesos, pero con plazos mínimos de 60 días, lo que acentuó las tensiones sobre las operaciones de corto plazo y redujo de manera drástica el rendimiento de las cauciones bursátiles, que pasaron de rendir más del 30% anual a apenas 1,8%, generando un efecto dominó en fondos de inversión y operadores de liquidez.
En este marco, financiarse en dólares se vuelve atractivo: la tasa internacional aún permite emitir obligaciones negociables a un 7% anual, y el mercado externo sigue mostrando apetito por instrumentos bancarios, siempre que estén acompañados de mecanismos de cobertura. El riesgo, naturalmente, está en la devaluación del peso. Para mitigar ese frente, los bancos recurren a los contratos de dólar futuro en el mercado Rofex o Matba, donde pactan hoy un tipo de cambio a liquidar en meses posteriores. De esa forma, los dólares captados a bajo costo pueden transformarse en pesos para operaciones domésticas sin quedar expuestos a saltos bruscos del tipo de cambio. La lógica es sencilla: la deuda se paga en dólares, pero la rentabilidad se genera en pesos; al cubrir el descalce cambiario, el banco estabiliza su balance.
El problema es que este tipo de operaciones no está libre de riesgos. El primero es el descalce residual: no siempre la cobertura se alinea perfectamente con la evolución real del tipo de cambio, y cualquier diferencia puede erosionar el resultado. El segundo es la volatilidad política: en un escenario donde las decisiones económicas se definen al calor de disputas dentro del Gobierno, el mercado puede reaccionar abruptamente y poner en jaque la ingeniería financiera. El tercero es el efecto sobre la rentabilidad estructural del sistema: los encajes elevados reducen de manera significativa la capacidad de los bancos de prestar en pesos, restringiendo el crédito al sector privado y, en consecuencia, frenando la actividad económica.
El contexto macroeconómico amplifica esas tensiones. La administración de Javier Milei insiste en que el ajuste fiscal y monetario es condición necesaria para ordenar la economía, pero la velocidad y la intensidad de las medidas están generando efectos colaterales sobre la operatoria bancaria. Los analistas señalan que, en el afán de mostrar consistencia frente al mercado y al Fondo Monetario Internacional, el Gobierno está llevando a los bancos a un terreno de hiperregulación monetaria que contradice su propio discurso de desregulación y libertad financiera.
A ello se suma el impacto político de los escándalos de corrupción recientes, como el caso de la Administración Nacional de Discapacidad, que deterioraron la confianza de los inversores en las últimas semanas. Esa pérdida de confianza obliga a reforzar todavía más el apretón monetario para evitar que se traslade al tipo de cambio, lo cual retroalimenta el ciclo de restricción de pesos y dolarización de pasivos.
La dolarización de pasivos internos, un fenómeno recurrente en la historia financiera argentina, reaparece así bajo un ropaje más sofisticado. A diferencia de los noventa, cuando los bancos tomaban depósitos en dólares sin cobertura, hoy recurren a ON y contratos futuros que, en teoría, les permiten neutralizar el riesgo. Sin embargo, la esencia es la misma: ante la escasez de moneda local, el sistema bancario se apalanca en moneda extranjera, con las vulnerabilidades que ello implica en caso de una devaluación abrupta o un shock externo.
Al mismo tiempo, la política monetaria intenta mantener cierto control sobre el dólar oficial mediante una banda de flotación del 1% mensual, lo que redujo la brecha con el dólar blue a apenas el 2%, desde niveles superiores al 20% meses atrás. El Gobierno celebra este logro como un triunfo de su programa de estabilización, pero en el mercado financiero la lectura es más cauta: la convergencia de brechas refleja en buena medida la intervención constante del Banco Central y el uso de instrumentos transitorios como repos en dólares y emisiones de deuda externa. De hecho, el BCRA sumó 2.000 millones de dólares en reservas mediante operaciones de pase y otros 1.000 millones con la colocación de un bono al 2030, reforzando las arcas en el corto plazo pero al costo de comprometer recursos futuros.
Todo esto convive con un fenómeno más amplio: la caída del crédito al sector privado y la parálisis en la inversión productiva. La ingeniería financiera que hoy permite a los bancos sobrevivir difícilmente pueda trasladarse en beneficios a empresas y consumidores. Al contrario, la restricción de pesos implica menos préstamos, tasas más altas y un círculo contractivo que golpea a la economía real.
En este contexto, la estrategia de emitir deuda en dólares y cubrirse en pesos funciona como un puente de corto plazo, una solución pragmática frente a la tormenta monetaria. Pero también expone la fragilidad de un sistema financiero que depende cada vez más de instrumentos sofisticados para compensar la falta de estabilidad macroeconómica. La pregunta es si este esquema representa apenas una respuesta transitoria o si está configurando una nueva normalidad para los bancos argentinos.
Si lo primero, el riesgo es que se genere una acumulación de pasivos en dólares que, llegado el momento, se vuelva inmanejable. Si lo segundo, la economía habrá dado un paso más hacia una dolarización de hecho, con consecuencias profundas sobre la política monetaria y el margen de maniobra del Estado.
La historia argentina muestra que las estrategias financieras que parecen virtuosas en el corto plazo muchas veces terminan mostrando sus límites con crudeza. La cobertura en futuros puede ser eficaz durante algunos meses, pero si la dinámica cambiaria se acelera o la confianza política se erosiona aún más, no habrá instrumento capaz de garantizar estabilidad. Mientras tanto, los bancos seguirán moviéndose en este delicado equilibrio: emitir en dólares, cubrirse en pesos y navegar en un mar de incertidumbre donde cada decisión oficial puede alterar el rumbo de un sistema que se sostiene sobre la delgada línea de la confianza.