No marcharon cuando miles de argentinos reclamaban justicia por víctimas de la inseguridad, los abusos o la desidia política. No marcharon cuando familias enteras quedaron destruidas esperando respuestas que nunca llegaron.
Tampoco aparecieron cuando se denunciaban privilegios políticos, manejos irregulares o el abandono de sectores sensibles como la salud. Durante años guardaron silencio frente a situaciones que generaron indignación en gran parte de la sociedad.
Ahora salen a las calles porque se terminaron beneficios, cajas y privilegios que durante mucho tiempo parecían intocables. La reacción no nace de la empatía con la gente común, sino de la incomodidad de perder poder y negocios.
Muchos argentinos sienten que detrás de ciertos discursos hay más interés político que preocupación real por los problemas del país.